domingo, 4 de noviembre de 2018

In Humatio. XXIII Ciclo de Música Antigua y Clásica.




Vamos a partir de la idea de que el proceso de conocimiento se da en dos niveles, uno sensorial y otro racional.
El sensorial lo adquirimos por la relación directa con todo lo que nuestros sentidos perciben, por ejemplo, nos ha gustado una obra de teatro porque hemos visto un magnífico escenario, hemos escuchados bellas palabras y melodías, nuestro olfato ha percibido agradables olores y hemos sentido a sus actores tan cercanos que incluso los hemos podido tocar. Los sentidos y sus sensaciones se han puesto a trabajar.
Pero el proceso de cognición que ha empezado por la actuación independiente de cada uno de los sentidos, continua con la percepción que no es sino la integración de todos y cada uno de ellos que nos hace de forma global, decir que la obra nos ha gustado.


Para terminar el proceso del conocimiento sensorial necesitaríamos de un tercer elemento llamado representación que no es otra cosa que el recuerdo de objetos percibidos con anterioridad que nos permite recuperarlos para utilizarlos en el presente, es decir, una vez terminado el teatro, voy a contar en qué consistió, qué vi y sobre todo qué sentí. A partir de aquí, el conocimiento sensorial ya no es necesario sino que voy a utilizar mi conocimiento racional, basado en conceptos, juicios, raciocinios y las imágenes guardadas en mi cerebro. Empiezo a comprender del todo la obra porque la empiezo a analizar en su contexto artístico, social o histórico.


Y todo esto para qué.


Las Compañías de teatro Revolera y Chalaura dirigidas magistralmente por D. José Luis Ortega nos ofrecieron el pasado viernes 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos, una excepcional recreación teatral de los primeros 1000 años de vida del Enclave Monumental de San Isidoro del Campo, período comprendido entre las andanzas infantiles de San Isidoro alrededor de Itálica en tiempos de Leovigildo hasta los sucesos reformistas del s.XVI.
Con un guión ceñido al máximo rigor historicista y un descomunal esfuerzo interpretativo por parte de los actores, la presencia imponente de los decorados reales contribuyó a crear un clímax de vivencia sensorial extraordinaria.
Tras la recreación en el Patio de los Naranjos de la leyenda del brocal de pozo,  la construcción del Monasterio, la llegada de los monjes, las vicisitudes de la familia Pérez de Guzmán (con una memorable Doña Urraca), y tras pasar al interior de las dos iglesias, nos terminamos acomodando e integrando en el bosque de ánimas moradoras en el que se convirtió el claustro de los muertos.


Y todo esto porque, desde estas líneas, nos comprometemos a utilizar todo nuestro conocimiento racional adquirido para que toda la percepción sensorial acumulada en la representación "Moradores in Humatio", no nos pertenezca a unos pocos y así y sin más circunloquios:


cuanto más se conoce, más se siente, y si los sentimientos son compartidos se disfrutarán más. Porque experiencias sensoriales tan intensas no son propiedad individual sino colectiva y Santiponce debe disfrutar de ellas. La iniciativa de representar la historia del Monasterio cada 2 de noviembre debería quedar arraigada y marcada como seña de identidad del pueblo. Desde aquí nuestra más sincera enhorabuena y agradecimiento a José Luis por tan excepcional idea, por el esfuerzo de sus actores y su implicación en general.


Por último, y pasando de lo sensorial a lo extrasensorial y según comentario generalizado, la impresión una vez abandonado el claustro de los muertos es que además del gran número de moradores visibles, había el mismo número o más de moradores...invisibles. Moradores, intentaremos no dejaros en paz.