lunes, 13 de noviembre de 2017

TROCITOS DE PIEDRA Y TINTA II


Eva Díaz Pérez (Sevilla, 1971),  narra en su libro "Memoria de Cenizas", los sucesos acaecidos en la Sevilla de mediados del siglo XVI cuando el foco erasmista compuesto por algunos nobles, doctos eclesiásticos y la comunidad de monjes de San Isidoro del Campo, es descubierta y perseguida por la Inquisición.
En el siguiente párrafo nos relata el momento en el que, tras recibir y examinar varios libros recién traídos de "otras tierras" por Julianillo Hernández, los monjes jerónimos de San Isidoro  inician una acalorada discusión motivada por unas supuestas palabras blasfemas de Antonio del Corro.
 
Sugiero un paseo por el claustro y tal y como lo hizo Casiodoro de Reina, admirar los frescos y  preguntarnos y dudar por todo aquello por lo que simplemente queramos preguntar o dudar, como por ejemplo, por dónde se va al infierno....




Casiodoro de Reina tenía el alma suspendida, sin saber en qué pensar ni en qué creer. Salió del infiernillo en silencio, sin importarle lo que hacían los demás ni escuchar las réplicas que seguían a la violenta escena. Atravesó los pasillos angostos y oscuros de la biblioteca y llegó al claustro. Tan absorto iba en sus meditaciones que apenas percibió cómo dolía la luz intensa en sus pupilas dilatadas aún por las sombras. Seguía pensando...
 
Le apasionaban las lecturas, pero a veces creía que Dios le castigaría por querer conocer lo maldito, como hizo con Eva y su curiosidad por lo prohibido y oculto. Pero otras veces pensaba que no había nada malo en investigar, reflexionar y aprender y recordaba las vidas de los santos sabios como San Isidoro y Santa Catalina, que venció con su gran conocimiento.
 
Es verdad que de pequeño ya le habían dicho que no era bueno dejarse los ojos en los libros, porque están hechos para ver y gozar con lo creado por Dios y los libros son obras del hombre y, por lo tanto, no habían de ser cosas tan santas. Luego argumentaba que la Biblia era también un libro y había sido inspirado por Dios, que era su palabra escrita por los hombres, ¿o no? Qué terribles eran las duda. Además estaba seguro de que se encontraba en el monasterio más complicado de toda la cristiandad. Incluso su imaginación se desataba y temía que alguna de las bocas del infierno conectaran directamente con los cimientos de este lugar extraño. Eso es lo que algunas noches soñaba despertando ahogado en fiebres de desconcierto.
 
Continuó andando, aunque se paraba de vez en cuando para que ni la inercia más leve de sus músculos turbara sus reflexiones. El claustro estaba lleno de pinturas al fresco y que habían nacido de la mano de aquel artista que llamaron Maestro de los Cipreses, del que muy poco se sabía. Estaba allí pintado San Jerónimo con su león y sus libros. "¿qué pensará de nosotros?", se preguntaba sin dejar de inquietarse cada vez que una brisa le golpeaba con sorpresa en el rosto o le parecía escuchar algún susurro extraño.
 
Sin darse cuenta se topó con una parte siniestra del claustro, justo donde yacían los monjes difuntos. No le gustaba pasar sobre las lápidas porque se imaginaba que con el simple eco de sus pies tronchaba huesos y hacía cenizas de los pelos secos y rancios de los hermanos que le precedían en el camino definitivo. De cuántos estarían nutriéndose los cimientos de este monasterio. Siempre se preguntaba por las plantas que crecían junto a las tumbas. ¿iría el alma de los que habitan estos hoyos santos en el olor de esa rosa nueva y fragante? La muerte le daba miedo. Creía en el cielo y en la resurrección , en que Cristo le salvaría, pero tenía tantas dudas. ¿Y si después de todo, estuviera equivocado y su destino era perecer eternamente en las llamas del infierno?
 
Eva Díaz Pérez. Memoria de Cenizas (2005). De la 2ª Edición Editorial Foure. (2015)