jueves, 8 de febrero de 2018

PROPIEDADES, RENTAS Y EXPLOTACIÓN DEL DOMINIO DEL MONASTERIO DE SAN ISIDORO DEL CAMPO


El siguiente artículo publicado por D. Manuel González Jiménez (Universidad de Sevilla) en la revista del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, resulta de gran interés por detallar el conjunto de propiedades, rentas y explotación del Monasterio de San Isidoro desde el reparto de tierras tras la conquista de Sevilla hasta el justo momento del asentamiento definitivo de Santiponce bajo su cobijo, tras la riada del la localidad primitiva.


La historia del monasterio de San Isidoro del Campo es sin lugar a dudas singular.  Y lo es por múltiples motivos. El primero, y posiblemente el más importante, por su propio fundador: el ricohombre don Alonso Pérez de Guzmán, conocido con el sobrenombre de el Bueno, asentado en Sevilla desde los finales del reinado de Alfonso X. El segundo, porque se trata de la primera fundación monástica impulsada en Andalucía por un particular, siendo así que todas las anteriores tuvieron como patronos a la monarquía. En tercer lugar, por haber sido el único monasterio cisterciense masculino fundado al sur del Sistema Central, la frontera del Sistema Central, que Cocheril definió como el límite de la expansión de los monjes blancos.  Todavía podríamos añadir una última peculiaridad: el monasterio de San Isidoro del Campo constituye el único caso, que sepamos, en que se sucediesen como ocupantes y señores dos órdenes religiosas de muy distinto signo: los cistercienses, que lo tuvieron hasta 1431, año en el que el conde de Niebla, don Enrique de Guzmán, en su condición de patrono del monasterio, tomó la iniciativa de desposeer a la Orden del Císter de sus derechos y traspasarlos a los monjes de la reforma de la orden de San Jerónimo impulsada por fray Lope de Olmedo.  Desde entonces hasta la desamortización de Mendizábal, los monjes jerónimos o isidros, como también se les conocía, tuvieron a su cargo el monasterio de San Isidoro del Campo y fueron también señores en lo espiritual y lo temporal de la villa de Santiponce, situada en el solar de la antigua itálica, cuyas ruinas se identificaron en la Edad Media con las de Sevilla la Vieja.


DE ITÁLICA A SANTIPONCE
En 1253, al efectuarse el repartimiento de Sevilla, Itálica era una pura referencia topográfica para designar las tierras y término de una de las alquerías que fueron objeto de reparto entre los conquistadores y los repobladores de la ciudad. Posiblemente en ella se diferenciaba un pequeño caserío, próximo al Guadalquivir, conocido con el nombre de Santiponce. Una breve y única mención a Sant Esidro, en Sevilla la Vieja ha dado pie a la hipótesis de la existencia, por lo menos en el recuerdo, de un lugar de culto donde estuvieron sepultados los restos del santo arzobispo hispalense. El P. Zeballos y antes que él Ambrosio de Morales y Ortiz de Zúñiga distinguen muy bien Itálica o Tálica, como se la llama en el libro del repartimiento o Talca, como se decía en el siglo XVI, de Santiponce.  Zeballos lo explica muy bien:
“También eran entonces diversas la villa de Santiponce de el sitio de Sevilla la Vieja o itálica. Santiponce estaba como un quarto de legua más hacia el oriente, y asentado en la misma playa del río quando se dio al Monasterio de San Isidro”.

Las tierras repartidas entre beneficiarios de diversa condición social fueron éstas, según el libro del repartimiento de Sevilla:



No fueron muchas las tierras repartidas. Aparte la circunstancia de la pequeñez del término de Itálica, cubierto en buena parte de ruinas o inundado por su proximidad al río, Santiponce era una aldea insignificante en comparación con otras situadas en la ribera del Guadalquivir, como la vecina alquería de Camas, evaluada por los repartidores en 1.200 aranzadas de olivar e higueral de sano, sin contar la tierra de cereal, y en la que se asentaron cien ballesteros catalanes. La tierra repartida en Itálica/Santiponce ascendió a 206 aranzadas de olivar e higueral, cabiendo la mayor parte a Gonzalo García de Torquemada, uno de los rapartidores de Sevilla, y a 23 aranzadas de viña, una de ellas situada en Algezira, es decir, en la isla, que posteriormente se conocería como la Isla del Hierro, a la que más adelante nos referiremos. En cambio era más abundante la tierra de cereal repartida: 98 yugadas o lo que es lo mismo, unas 3.000 hectáreas.
Con la excepción de los dos caballeros hidalgos referenciados, el resto de los que recibieron tierras de Itálica/Santiponce eran personajes de la corte, algunos de especial relieve, como Maestre Fernando, Gonzalo García de Torquemada, algunos hidalgos castellanos pertenecientes al círculo vasallático de don Juan García de Villamayor, mayordomo del rey, o Don Zag, almojarife del rey. Así las cosas, la impresión que se deduce de la lectura del libro del repartimiento es la de la escasa o nula entidad poblacional de Santiponce en los años inmediatamente posteriores a la conquista. Por lo que sabemos, Santiponce corrió la misma suerte de otras alquerías sevillanas: sus primeros beneficiarios se desprendieron muy pronto de los lotes recibidos, vendiéndolos a unos precios realmente muy atractivos para los compradores. En el caso de Santiponce, parece que toda o la mayor parte de la tierra fue adquirida por don Alfonso de Molina, hermano de Fernando III el Santo, de quien la heredaría su hija María de Molina, casada con Sancho IV.
Zeballos, que debió conocer el documento por el cual la reina doña María de Molina vendió a Guzmán el Bueno la aldea de Santiponce, que debió efectuarse a mediados de 1298, resume muy bien el proceso: 
 “Ellos [se refiere a García Martínez y Nuño Yáñez] ... vendieron su heredamiento al infante don Alonso de Molina, hermano del Rey San Fernando, el qual poseyó por entero a Santiponce y Sevilla la Vieja, y por su muerte los heredó su hija la reyna doña María, muger del Rey don Sancho. Esta Santa quedó por tutora de su hijo don Fernando el iV, y para sosegar al infante don Juan enagenó sus bienes patrimoniales, para poderle dar los mantenimientos de infante y demás cosas que concertó con él para que restituyera a su hijo los lugares que había usurpado en el Reino de León. Para esta necesidad vendió las villas de Santiponce y términos de Sevilla la Vieja, y las compró don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno con su jurisdicción y demás condiciones con que la Reyna lo había heredado y poseído”.

En ese mismo año, Fernando IV autorizó a Guzmán el Bueno a fundar en Santiponce un monasterio cisterciense en honor de San Isidoro. Entre 1301 y 1303, la nueva fundación adquirió forma, culminando con la llegada de un grupo de monjes procedentes del monasterio burgalés de San Pedro de Gumiel. La intención del héroe de Tarifa, aparte la de honrar a San isidoro, era la de erigir en la iglesia monástica la capilla donde reposarían sus restos, los de su mujer y los de su linaje, y para ello nada mejor que garantizar con la llegada de la comunidad cisterciense los servicios religiosos anejos al culto funerario. Ha llegado a nosotros la carta de dotación del monasterio de San Isidoro. En ella, don Alonso Pérez de Guzmán y su mujer doña María Alonso Coronel, declaran su intención de fundar un monasterio en la Iglesia de San Isidro, que es cerca de Sevilla la Vieja, al que dotan con la aldea de Santiponce con todos sus términos y derechos, con la condición de que en él morasen 40 monjes. Además de reservarse el Patronato sobre el monasterio, designaron el lugar de su sepultura (“entre el coro y el altar maior”) y comprometieron a la comunidad a celebrar cada año dos aniversarios por las almas de los fundadores. Barrantes de Maldonado completa esta información señalando que, además de la cesión a los nuevos señores de Santiponce de las competencias jurisdiccionales (“mero y mixto imperio, horca y cuchillo”), Guzmán el Bueno otorgó al monasterio “todos los heredamientos de tierras, casas, viñas e olivares e mil fanegas de pan de renta que él allí tenía”, y 6.000 maravedíes situados sobre las rentas de su villa de La Algaba.


EL PATRIMONIO DE SAN ISIDORO DEL CAMPO EN EL SIGLO XVI

La desamortización de Mendizábal y la exclaustración de los monasterios masculinos fue un desastre desde el punto de vista artístico y documental, apenas paliado en este segundo aspecto por la recogida de una parte de la documentación, conservada hoy en la Sección Clero del Archivo Histórico Nacional y Real. Buena parte de la documentación celosamente custodiada en monasterios y conventos durante siglos desapareció para siempre, aventada por el descuido y la incuria de los responsables de su recogida. En algún caso, como en Sevilla, el incendio de la delegación Provincial de Hacienda, a donde fueron a parar los documentos de los institutos religiosos desamortizados, acabó con la documentación que había podido recuperarse. Por fortuna, se han conservado dos preciosos testimonios documentales que permiten estudiar con algún detalle la situación económica del monasterio en los inicios de la Edad Moderna.
El primero de ellos es el Libro Protocolo del monasterio, que lleva por título Libro Memorial e Registro de todas las posesiones del monasterio de San Isidro, elaborado en 1536, conservado hoy en el Archivo ducal de Medina Sidonia (Sanlúcar de Barrameda).
El segundo es un manuscrito que se custodia en la Biblioteca Provincial y Universitaria de Sevilla, bajo la signatura 333/195. En él se encuadernaron, en 1701,  dos manuscritos titulados el primero Libro antiguo para la dirección del Prior y oficiales de este convento de Sanct Isidro del Campo en la economía e buena administración de las faziendas y en el gouierno espiritual y temporal de la villa de Sant Ponze [...], y el segundo, Avisos, mandamientos, instrucciones, ordenanzas y otras cosas referentes a la administración espiritual y temporal de Santiponce.
Ambos testimonios constituyen el fundamento de mi aportación a este Homenaje al maestro D. Julio Valdeón, co-fundador de la revista Historia- Instituciones-Documentos.
Dentro del panorama señorial de Andalucía, el monasterio de San Isidoro del Campo es un caso realmente excepcional y llamativo. Su vinculación a la Orden del Císter y su carácter marcadamente señorial es algo que le singularizó dentro del panorama monástico de Andalucía. De hecho es el único monasterio que fue, al tiempo que cenobio, señorío completo, tanto en lo espiritual como en lo temporal, como lo fueron también los señoríos de las órdenes militares. En lo espiritual, consiguieron en fecha muy temprana que la iglesia Hispalense les reconociera su carácter de jurisdicción exenta, al margen por tanto de la autoridad diocesana. Y muy pronto también llegó a un acuerdo con la iglesia en torno a la espinosa cuestión del pago del diezmo de sus vasallos, que el monasterio percibía a cambio de dar al arzobispo y cabildo la cantidad anual de mil maravedíes.

Según el Libro Protocolo, las propiedades y dominios del monasterio de San Isidoro del Campo eran los que siguen: El Señorío de Santiponce y de Sevilla la Vieja, tanto espiritual como temporal, con la justitiam et merum imperium, y “sus términos e entradas e salidas e pertenencias e aguas corrientes e manantes e todo lo que tiene de iurisdiçión, como lo tenía e poseía doña María [de Molina] de gloriosa memoria, de la qual lo compraron don Alonso Pérez de Guzmán e doña María Coronel, su muger, que en gloria sean”. Estos términos iban desde “la lengua de agua del río de Guadalquivir”, lindando con los términos de Sevilla, Salteras y Valencina.

El monasterio percibía, por convenio con el arzobispo y cabildo de la catedral, los diezmos y primicias de los vecinos de Santiponce, a cambio de entregar cada año mil maravedíes a cada una de ambas instituciones. En su condición de señores temporales de la villa, correspondía al monasterio la designación de las autoridades municipales, bien directamente, bien aprobando las elecciones efectuadas por los vecinos. Según el Libro Protocolo, la estructura del concejo no podía ser más sencilla, acorde con el escaso relieve demográfico de la población: un alcalde mayor, otro menor y un escribano. Aunque no se señale expresamente, a estos oficios concejiles deberá añadirse el de alguacil y, tal vez, el de carcelero.
Cada familia de Santiponce estaba obligada a facilitar al monasterio, cuando éste lo solicitare, un peón para cavar dos días al año, “sin pagarle por ello cosa alguna”, y una cogedera “para coger el azeituna del Monesterio, pagándole su trabajo, como es costunbre”.
Igualmente, en reconocimiento de señorío, cada una de las casas de Santiponce estaba obligada a entregar al monasterio una gallina en cada una de las Pascuas (Navidad, Resurrección y Pentostés). Se trataba de un tributo “por los solares en que se hicieron las dichas casas”. Como los restantes señoríos solariegos el monasterio se reservó desde sus inicios el monopolio del molino, del horno de pan y la carnicería. El molino servía para el prensado de la aceituna tanto del monasterio como de los vecinos, debiendo éstos, como era costumbre en la zona, pagar el correspondiente canon o maquila por su utilización, a razón de una arroba por cada doce. El horno de panadería, donde se cocía el pan destinado a su venta pública, se arrendaba cada año. En 1535 pagaba el arrendador 7.000 mrs. anuales, además de un par de gallinas por cada mil maravedíes de renta. Este monopolio era compatible con la existencia de hornos familiares. Por último, el monasterio era dueño de la única carnicería de la villa, “fuera de la cual no se puede pesar carne”. Tradicionalmente se pesaba al precio de Sevilla. En 1535, la carnicería estaba arrendada por 9.000 mrs. al año.

Santiponce estaba situada en una ruta de mucho tránsito, la llamada “Vía de la Plata” o de Extremadura. En su condición de pueblo caminero, nada tiene de extraño que el monasterio se hubiese también reservado la construcción y explotación de los mesones. El monasterio poseía dos mesones, uno muy antiguo, conocido sencillamente como el Mesón y otro más nuevo, llamado el Mesón de la Vega. El primero debía ser el más concurrido, ya que estaba situado al pie mismo del camino. Se le define como “estanco” en razón del monopolio que de hecho ejercía en la villa. En efecto, se señala que fuera de él “no puede nadie dar posada ni de comer a mesa, por escote ni por dinero, a ninguna persona forastera, ni tener tienda de regatonería, saluo de los frutos que de su labrança e criança cojere, en tal que no sea pan cozido”. Estaba arrendado por 15.000 mrs. a Andrés González, portugués y vecino de Santiponce.
El Mesón de la Vega, “que está aquí arriba deste monesterio”, se arrendaba con el prado anejo, donde los recueros y caminantes solían descargar sus cargas. En él podían pacer sus animales, si bien estaba vedada la entrada de las carretas y sus bueyes. Rentaba cada año 500 mrs. y un par de gallinas.
El Monasterio poseía en Santiponce unas jabonerías o almonas cuya explotación arrendaba cada año. En 1535 las tenía arrendadas don Pedro Enríquez, hijo de don Fernando Enríquez de Ribera, por 8.000 mrs. y 12 arrobas de jabón “prieto” y cuatro de jabón blanco. También estaba obligado a “todo el vasallaje e peones e cojederas”, aunque no a gallinas. El arrendador estaba obligado a la conclusión del contrato a dejar las instalaciones y el instrumental de la jabonería en el mismo estado en que se les entregaron. Esta cautela se refiere específicamente a los almacenes de aceite, cal y mazacote, además de las calderas y todos sus aparejos. Especial mención merecen las tres calderas o bacines de cobre, de grandes dimensiones, que pesaban, respectivamente, tres arroba y tres libras, cinco arrobas e 22 libras, y cinco arrobas y 20 libras.
La última de las propiedades del Monasterio reseñadas en el Libro de Protocolo es la isla del Hierro, desaparecida tras la gran riada del 1595 que acabó con Santiponce el Viejo y obligó a trasladarlo a su actual emplazamiento, más elevado y más alejado del río. Estaba a la salida del lugar, junto a la Laguna y lindaba con el olivar del monasterio y la Huerta del Rincón, propiedad también de San isidoro del Campo. Estaba plantada de mimbrales. Era, con mucho, una de las principales fuentes de ingresos de la hacienda monástica: 45.000 mrs., 90 gallinas y 20 arrobas de cáñamo, además de diezmo de todo lo que allí se cogiere.


RENTAS DEL MONASTERIO DE SAN ISIDORO DEL CAMPO

El monasterio de San Isidoro del Campo ingresaba anualmente unas cantidades sustanciosas en concepto del arrendamiento de casas y tierras situadas en Santiponce o en el ruedo de la villa. El sistema de arrendamiento era el tradicional, por dos o tres vidas, que ponía a cubierto las propiedades monásticas de cualquier intento de prescripción por parte de los arrendatarios. Otras rentas procedían de tributos perpetuos, adquiridos por el monasterio en diversos momentos como una forma segura de inversión. Estos tributos estaban situados sobre casas en Sevilla y Triana. Por último, el monasterio cobraba tributos sobre pequeñas parcelas de viña ubicadas en el término Santiponce, la mayoría, y algunas en los términos de Sevilla y Triana. Aunque no se indica el origen de estos tributos, es posible que en su mayor parte fuesen el resultado de la entrega a campesinos pobres de modestos pedazos de tierra pertenecientes al monasterio para plantar en ellos viña. Este fue el origen de los tributos que el monasterio percibía sobre una serie de parcelas dadas a vasallos del Monasterio, en 1559, en el pago del Ejido.


RENTAS DE CASAS Y OTRAS PROPEDADES EN SANTIPONCE

El monasterio poseía una serie de casas y tierras situadas en la propia Santiponce o en sus alrededores por las que percibía anualmente 51.381 mrs. (23.035 en concepto de arrendamientos y 28.346, de tributos perpetuos sobre parcelas de viña).
El Libro Protocolo señala su ubicación, la naturaleza de la propiedad (casas, por lo general, con su anejos de huerta o corral, aunque en algunos casos se trataba de huertas y de mimbrales), los nombres de sus tenentes, las vidas por las que se habían arrendado y el valor del arrendamiento en dinero y gallinas. Las indicaciones topográficas son de un enorme interés ya que permiten registrar los nombres de las calles o la ubicación de determinados edificios y conjuntos urbanos, como el formado por la iglesia, su plaza, el cementerio, el Hospital de la Asunción y el “consistorio” o casas del concejo; instalaciones públicas, como la formada por el corral del concejo y la carnicería; el mesón, el horno u otros elementos del paisaje urbano, como la “barreruela” y la picota, su proximidad al río, elemento este que ponía en peligro la seguridad del inmueble. También se registran los nombres de algunas de las pocas calles que conformaban el núcleo urbano de Santiponce: las de La Laguna, del Horno, la calle Ancha Real y las callejas del Camello y del Algarrobo. Mención especial merece la referencia a la huerta del obispo de Escalas, situada en pleno casco urbano. Con estos y otros datos, J. González Moreno reconstruyó el plano ideal de Santiponce a comienzos del siglo XVI. La información que ofrece el Libro Protocolo permite también la elaboración de un censo de la población de Santiponce en torno a 1535. Por los datos que hace algún tiempo diera a conocer en un artículo memorable don Antonio Domínguez Ortiz, sabemos que, según el censo de 1534, a comienzos del segundo tercio del siglo XVI la población de Santiponce estaba compuesta de 66 vecinos pecheros, 7 viudas. 3 pobres que no contribuían y 7 menores: en total, 83 vecinos. No eran muchos, a pesar de que, para favorecer el poblamiento de la villa, los Reyes Católicos, a la vista de que “el pueblo se había casi despoblado”, eximió del pago de tributos y pechos reales a 50 de sus vecinos. Esta cifra de vecinos registrados en el censo de 1534 coincide casi con los vecinos de Santiponce que pagaban alquileres o tributos al monasterio. Las dimensiones de las parcelas dadas a tributo perpetuo eran de proporciones muy reducidas, tanto que en muchos casos ni se indica. Predominaban las de una aranzada, aunque hay algunas menores, muy pocas. Son también escasas las que superan la extensión de la parcela standard:

La extensión media de las parcelas dadas a tributo en Santiponce era 1,06 aranzada, lo que no es en absoluto sorprendente sino que, por el contrario, se ajusta a lo que sabemos sobre la estructura de la propiedad de viñedo en la comarca aledaña del Aljarafe y en la de la Ribera. En efecto, según Mercedes Borrero, el 76 por ciento de las parcelas de viña de estas comarcas oscilaba entre 0’5 y 1 aranzada. A título meramente de curiosidad señalaremos la ubicación de las parcelas de viña dadas a tributo por el Monasterio de San Isidoro del Campo: