viernes, 4 de mayo de 2018

Una butaca contra el tiempo

Una pequeña evasión, por minúscula que sea. Escapar de las ataduras laborales, las preocupaciones familiares, los desasosiegos propios. Solo una pausa para volver y tomar impulso.  Este junta letras que les escribe suele aprovechar el mínimo paréntesis laboral de la hora "siesta" (que para nosotros no sería la sexta en la que los romanos se echaban la cabezadita, sino la décima), y cámara o libro en mano se dedica a deambular por esta su villa de adopción, en busca de un no sabe bien qué, pero en la que siempre encuentra un reflejo, un recuerdo, un anhelo...

Si algo ha traído el cierre parcial/total de Itálica, ha sido la apertura del Mirador del Teatro y la posibilidad de contemplar en todo su esplendor, el espectacular escenario italicense. De tal manera que un servidor, con su cuaderno guía de D. Ramón Corzo en una mano y con la cámara en la otra, plantó sus reales en el banco que preside el mirador y en la más absoluta de las soledades y en el más abarrotado de los silencios, se dedicó a algo por lo que aún no nos cobran intereses, algo por lo que aún no necesitas rendir cuentas, algo que jamás podrán arrebatarte, dejar volar la imaginación.
Entre nubes perfiladas y brisas ceñidas, la fantasía y las imágenes antiguas me trasladan al pulso acelerado de los Ruiz Mata, Luzón o el propio Corzo, cuando en 1970 y durante las primeras excavaciones, veían emerger ante sus ojos una a una las costillas del teatro, y la emoción quizás callada, de los primeros conservacionistas del pueblo ante lo que podría suponerles, el rebrotar de sus raíces. Echo en falta algunos de los vestigios encontrados in situ como las copias de las fabulosas y delicadísimas aras, las imponentes Diana y Venus de mármol de Paros o el miliario de Adriano encontrado en el pórtico, prueba real de la importancia de la Vía de la Plata que conducía hasta Hispalis.


Unas lonetas protectoras sobre la Orchestra me impiden igualmente contemplar las inscripciones latinas situadas delante del púlpito. Me conformo con ir contando las gradas, 14 desde la ima cavea (tres escalones de mármol con un respaldo o balteus), hasta el pasillo central y 9 escalones más que completaban el aforo rematados por un pórtico superior que conectaba con las puertas exteriores. Por esas puertas exteriores, se accedía a la ciudad y me basta con muy poca invención para imaginarme caminando por la actual calle Velázquez, cruzar el pórtico de entrada y acceder a mi asiento.
A cualquier asiento, aunque no me importaría ocupar alguno de los exclusivos de la ima cavea, perfectamente identificados con sus nombres, pero seguro terminaría rodeado de la plebe, riendo juntos las ocurrencias eróticas, sarcásticas y malintencionadas de los actores y malabaristas, e incluso, garabateando en el suelo durante las pausas.
De pronto y absorto de vez en cuando con el caminar de las blancas nubes, se cruzan vertiginosamente en mi mente, nubes plomizas y arrebatadoras que derraman sobre las cercanas colinas toda su carga con violencia sobre la tierra que sin ofrecer resistencia, termina por acompañarlas hasta el remanso del graderío abandonado. Lejos queda la opulencia. Ya solo queda la nada, el saqueo, la desnudez, solo queda un cementerio de risas y aplausos. Abandono y despojos.
Ahora estamos solos, el teatro y yo. Nada más. Nuevamente vendrán las caprichosas y rebeldes cuentas de sumas y saldos, las cruentas y ofensivas llamadas por teléfono, las prisas por acabar lo que nunca se va a acabar.
Quizás solo sean piedras yermas y abandonadas. Pero una pequeña parte de una tarde de recuerdos al sol, me es suficiente.


Sirvan estas palabras a modo de invitación y con estos pequeños apuntes como ayuda, les animo, porque no tiene el mismo valor si no se comparten los momentos de gozo y menos aún si se atesoran egoístamente, a que disfruten de algo tan simple como es deslizarse por entre las piedras del tiempo a la sombra de un ciprés entre rayos de un sol romano andaluz.
Los primeros teatros romanos eran de madera y provisionales y se desmontaban al finalizar las representaciones teatrales y hasta el siglo I a.C. no empezaron a edificarse en piedra.
  • Itálica, la primera población romana de la Bética, que mantuvo siempre un mayor prestigio de población aristocrática, se dotó pronto de un teatro en el que se han registrado muchos testimonios de su activa función en la vida de la ciudad.
  • Su emplazamiento en el cerro de San Antonio se aprovecha de la inclinación de una de sus pendientes orientada al valle del Guadalquivir para no solo construir el graderío sino también para aprovechar las brisas que favorecen la ascensión de los sonidos hasta el público.
  • Sucesivas reformas ampliaron la trasera del muro de la escena y el pórtico donde se crearon largos deambulatorios ocupados por tiendas y pequeños templos. Con el tiempo esta disposición frente a la Vía de la Plata, supuso que su reordenación urbanística estuviera programada al exterior y al viajante, perdiendo poco a poco su conexión con la población.
  • Por último, y una vez desocupado el pórtico trasero, en el siglo IV d.C. se fueron extendiendo las tumbas del cementerio inmediato lo que supuso la aceleración de su destrucción al aprovecharse sus materiales constructivos.


En los paneles informativos fotografiados podemos encontrar más datos.
Un último dato curioso: a pesar del alto nivel cultural de los italicenses, los espectáculos más frecuentes podríamos llamarlos "de variedades" y entre los preferidos los relativos a cotillear y a parodiar con cierto grado de grosería o erotismo, más o menos como T5 ahora (al final va a resultar que no hemos cambiado mucho).


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 Foto Junta de Andalucía
  Foto Junta de Andalucía
Foto Universidad de Sevilla.

Bibliografía: Vivo Itálica. El Teatro. (Ramón Corzo Sánchez). Proyecto Sur de Ediciones, S.A.L.