domingo, 15 de abril de 2018

Cuando la belleza se muere



No existe parámetro que mida científicamente la belleza. No hay volumetría posible para calcular el valor de la sensibilidad. La emoción reside en la capacidad de asombro de cada cual, de sus inquietudes. Solo podemos afirmar que la belleza reluce más, se convierte, cuando arrolla en su ser la pobreza.
En la mayoría de sus casos, suele ser efímera, volátil, breve. De lo contrario, terminará sucumbiendo al paso inmisericorde del tiempo. Porque la belleza es frágil, y por tanto, necesita de cuidados y asistencias.
Ha llovido mucho estos días, síntoma del arrojo indomable de abril. Sigue haciendo frío, y sobre el campo se levanta esa capa fina de humedad que cala los pies del caminante y el viajero. El campo está hermoso, y la tierra se echa sobre los brazos tardíos de las noches. Unas noches de parto malva, de fiesta de acuarelas tristes.
A lo lejos se extiende, esbelto y casi cansado, el monumento. La torre adopta el violeta del cielo, casi líquido, y los ojos abrazan con su barrido la extensión del monasterio. Solo las almenas, pulso vital sobre el panel claro del horizonte, hieren nuestra mirada tranquila y llana.
La belleza, a veces, está herida de muerte. Es entonces cuando debe entrar en escena nuestra capacidad de asombro, de inquietud, de sensibilidad. De emoción. De dolor. Y, parece, que a nadie le duele cómo la belleza muere lentamente ante nuestros ojos.  (Manuel Lamprea Ramírez)